Al Senado y al Pueblo de Roma, Salve.
Desde el palacio imperial de Colonia Agrippinensis, a orillas del Rhennus, os damos noticia de los acontecimientos de las últimas horas. Nuestro viaje hasta aquí fue rápido y cómodo, pues este invierno no está siendo demasiado duro, y los pasos de montaña están transitables. Nos acompañaron tres cohortes de la Legión Imperial, y todo el viaje transcurrió sin contratiempos. Aquí, por desgracia, la situación era peor de lo que pensábamos. A los dos días, apenas, de llegar, conocimos con gran sobresalto que hordas extranjeras habían atravesado el Rhennus, aprovechando que está helado en esta época del año, y se habían plantado a las puertas de las murallas de Colonia. ¡Oh, qué desesperación se extendía entre la multitud, cuántos gritos de pánico, cuántos llantos! Muchos ciudadanos se agolpaban a las puertas del palacio pidiendo nustra comparecencia, rogándonos que salvara Colonia. Hubimos de obrar con rapidez. Los soldados establecidos habitualmente en Colonia, más nuestras tres cohortes, nos permitieron formar un total de veintitrés cohortes. Organizamos una salida combinada de todas ellas a través de las cuatro puertas de la ciudad, lo que nos permitió envolver al enemigo que, como es su costumbre, se agolpaba en una sola zona sin demasiado orden. Pese a todo, eran muchos, quizá más de veinte mil hombres, por lo que la batalla fue muy dura. Conseguimos al menos el objetivo de llevar el combate a campo abierto, lejos de la ciudad, que cerró de nuevo sus puertas y quedó a salvo de saqueos y desmanes. La batalla se prolongó hasta más allá de la puesta del sol, casi al filo de la segunda vigilia. Comenzó favorablemente a nuestras tropas, que empujaban al enemigo inexorablemente hacia el Rhennus, causando gran mortandad en sus filas. Pero las tornas cambiaron al cabo de unas dos horas, y se inició una lucha cuerpo a cuerpo muy dura. Qué espanto causaba escuchar el estruendo de las armas chocando, los gritos de ánimo de los valientes soldados, mezclados con los de dolor de los heridos. Pese a las dificultades, un hecho era claramente constatable: cada vez estábamos más lejos de Colonia y más cerca del lugar por el que atravesaron el Rhennus. Por fin, logramos obligarles a cruzaro de nuevo. Ordenamos entonces que las máquinas de guerra hicieran llover fuego y piedras hirvientes sobre el río helado. Como quiera que la capa de hielo no era demasiado gruesa, se quebró por varias zonas en seguida; las heladas aguas engulleron a algunos germanos rezagados, y los demás lanzaban insultos contra nosotros desde la otra orilla, mientras nuestros soldados respondían con burlas y obscenidades varias, de las que gustan los viriles hombres de la milicia.
Dimos orden de establecer en esa zona un castillo con al menos tres cohortes permanentes, con objeto de evitar que los germanos vuelvan a pasar a este lado del limes. Hemos dispuesto que el hielo del río sea quebrado todas las noches con las máquinas de guerra, y nuestros ingenieros trabajan en un sistema que permita mantener el agua siempre licuada, al menos en las zonas por donde es más fácil atravesar el río.
En fin, no podemos negar que la guerra Germánica, que iniciamos hace unos dos años con grandes esperanzas, ha dejado las cosas, a la postre, como estaban al principio. Era nuestro deseo poder dejar al menos algunos campamentos establecidos permanentemente al otro lado del Rhenus, como cabezas de puente de cara a futuras expansiones, pero ni aún esto se ha logrado. Ahora sólo podemos contentarnos con garantizar la frontera antigua lo que, en realidad, no es poco, dadas las circunstancias. Pese a todo, no renunciaremos nunca a nuestro propósito, formulado ya ante el Senado en nuestro primer discurso, cuando asumimos el Principado: las fronteras naturales de Roma en el norte están en el río Elba, y hasta allí las llevaremos si los dioses nos dan salud y ánimo. Las águilas de Augusto, perdidas por Varo, serán vengadas.
Los ciudadanos de Colonia nos recibieron con gran júbilo, y pretendían solicitar al Senado la celebración de un triunfo por las calles de la ciudad, a lo que Nos tuvimos que negarnos, ya que nada se ha obtenido de esta batalla, salvo la consolidación de la situación anterior, por lo que no proceden tales honores. Los ciudadanos de Colonia y de todas las fronteras de Roma saben que su Emperador no se olvida nunca de su seguridad ni de su bienestar, y saben bien que en los últimos años todos nuestros desvelos han estado orientados a asegurar y consolidar la estabilidad de las fronteras.
Esta misma tarde, tras asistir a las carreras organizadas en el circo en nuestro honor, emprenderemos el regreso a Ravenna. Desde allí, con más calma, iniciaremos un resumen de los años de nuestro Principado, y de los de nuestro augusto padre, desde la fecha de la muerte de Valeriano, con objeto de que ciudadanos y senadores tengan una visión precisa de los últimos años de la Historia de nuestra querida Roma.
Salve, hijos.
Mostrando entradas con la etiqueta Emperador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emperador. Mostrar todas las entradas
domingo, 6 de enero de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
